El Velero

Apaseo el Alto es un pueblo que en su gran mayoría profesa la religión católica y como una de las costumbres ligadas a esa profesión de fe, es el ofrendar o utilizar velas para sus rituales, así por ejemplo, las usan para sus Primeras Comuniones, para agradecer algún “Milagro”, como símbolo de adoración a un Santo en particular, para sus muertos o difuntos, etc…

   Pero… ¿Saben de dónde procede la tradición?

   En los orígenes del catolicismo, quienes acudían a las ceremonias religiosas, lo hacían en obscuras catacumbas haciéndose acompañar de cirios elaborados con cera de abeja, manteca o cebo animal para alumbrar el camino y durante el transcurso de sus rituales; así nació la idea de que dicha luz emanada de aquellas candelillas era la luz del mundo, la luz de Dios, la luz que los sacaba de las tinieblas.

   Cuando al paso de los años, dejaron los obscuros subterráneos para celebrar los misterios de su religión, construyeron los templos con sus altares, en donde los colocaban a los santos de su devoción; entonces las velas fueron depositadas a los pies de sus mártires y patriarcas como símbolo de la sumisión que les tributaban.

   En el México precolombino, no se usaban las velas como se hacía en el viejo continente, pues en nuestro país las diferentes culturas utilizaban antorchas elaboradas con maderas resinosas y aceites de fácil combustión durante las ceremonias a sus dioses y en sus celebraciones cívicas y festivas.

   Con la llegada de los españoles, su arrebatada ambición y su desmedido afán de imponer sus costumbres, tradiciones y religión, trajeron aparejada la práctica de colocar las velas en los altares de las iglesias y las ermitas, solamente que los españoles jamás utilizaron el término vela o veladora, sino el de “Cera” , “Candelilla” o “Candil”. De éste último término se derivó la Fiesta de la Candelaria, festividad que tiene como ceremonia culminante la bendición de todo tipo de velas.

   Durante la época Virreinal, en los testamentos de los hombres de alcurnia o poderío económico y político, siempre manifestaban el deseo de que parte de su fortuna se destinara para la celebración de misas y la adquisición de “Cera” para colocar en el altar de algún santo de su devoción, Santo Patrono de su ciudad o en la tumba donde habría de permanecer, pues el temor a lo desconocido lo obligaba a alumbrar su camino y facilitar su llegada a la diestra del Creador.

   Aquí en Apaseo el Alto, había familias que se especializaban en la elaboración y comercialización de velas, cuyos vendedores se caracterizaban por llevar “Manojos” de ellas amarradas por sus pabilos y colgantes de ganchos de madera que descansaban sobre sus hombros.

   No obstante el paso de los años, la costumbre sigue muy arraigada entre los miles de feligreses que acuden a las iglesias, con su veladora en mano siguen esperando indulgencias de los santos de su devoción. Con la ofrenda de veladoras, se acercan a los Santos a quienes recurren en busca de los auténticos milagros que solicitan en momentos de apremio o necesidad.

 

Este artículo se publicó originalmente en la edición 31 de La Clave, siendo una colaboración del historiador de Apaseo el Alto: Francisco Sauza Vega.

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